Gemelos

Escrito por Ariel Groisman. Publicado en Narraciones & Parabolas

Imagina dos fetos gemelos, cobijados y creciendo  cálidamente en el vientre materno. Sus bocas están cerradas, y están siendo alimentados a través del ombligo. Sus vidas son solo tranquilidad y parsimonia. Para ellos, el universo no se extiende más allá del útero. ¿De qué otro modo pueden imaginar algo más grande, mejor, más cómodo?  Las contracciones los bambolean. Los fetos comienzan a preguntarse: "Estamos expandiéndonos cada vez más. De continuar así, saldremos algún día de esta capsula. ¿Qué pasará el día después? "

Ahora, el primer hijo está seguro y confía absolutamente  en la "nueva vida" después de esta húmeda experiencia intrauterina. Una extraña creencia, aparentemente sin fundamento, pero a la que se aferra. El segundo bebé es un gran escéptico. A él no lo engañan fácilmente, ya que sólo cree en aquello que puede ser demostrado. Él es un lúcido racionalista, no tolera la idea de trascendencia o inmanencia. Lo que no está dentro de la experiencia sensorial es solo fantasía, ilusión.

 Dice el hermano fiel: "Después de la 'muerte' aquí, habrá un mundo nuevo y grande. Vamos a comer por la boca! Podremos observar  extensas distancias, y vamos a escuchar a través de las orejas, a ambos lados  de la cabeza, estaremos erguidos y nuestra cabeza hacia arriba.

 La respuesta del escéptico no tardó en ser esgrimida: "Tonterías. Son las trampas de tu ilusa e inocente imaginación las que te juegan una mala pasada.  No hay ninguna base lógica ni comprobable para estas creencias. Es sólo tu instinto de supervivencia que te acecha,  un elaborado mecanismo de defensa y auto preservación, para calmar la ansiedad y la angustia ante la evidencia empírica de la muerte.

 “Existe solo éste, nuestro mundo intrauterino". No existe un mundo por venir! "

 "Bueno”- argumenta el hijo creyente, “Entonces, qué será de nosotros ?"

 El escéptico firme y convencido, postuló: "Vamos hacia una explosión. Nuestro mundo se derrumbará y se hundirá en el olvido. No hay más nada. Nada. El fin de la conciencia. Seguramente no es reconfortante aceptarlo o asumirlo, pero es la probabilidad más sensata".

 De repente, las intermitentes convulsiones dentro de la  placenta  cobran un renovado vigor, y ráfagas de líquido amniótico embisten contra sus paredes. La tremenda presión y tensión empuja los fetos hacia el exterior.

El creyente sale expulsado, hacia un afuera tumultuoso,  y comienza a llorar. El segundo hermano, el escéptico, profiere gritos sobresaltados por el "accidente" y “desgracia fortuita” ocurrido a su hermano. Él llora y se lamenta de la tragedia, la “muerte “de un buen compañero, tal como lo predije. ¿Por qué? ¿Por qué?

 Mientras tanto, su hermano "muerto" ha nacido en el "nuevo" mundo. Los llantos son signos de salud y vigor, y el tumulto es un coro de  médicos, enfermeras y sus mismísimos padres, sorprendidos y riendo por el milagro de la vida.

 Tal como “morimos” en la matriz, sólo para nacer a la vida, del mismo modo abandonamos  y nos morimos de nuestro mundo, sólo para renacer a la vida eterna. La salida-muerte de la matriz es el nacimiento del cuerpo. La salida-muerte del cuerpo es la luz del alma. Tal como la vida intrauterina el vientre requiere un período de gestación de nueve meses, la vida extrauterina perdura por 80 o más años.  La placenta es la antesala de la vida, y nuestra existencia actual  es la antesala de la vida después de la vida, aquella eterna e inconmensurable, en el mundo del más allá.

 

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