La Antorcha Perpetua del Fuego Sagrado

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Uno de los derechos humanos más enarbolados  en la actualidad, es el de la libertad de expresión, la potestad de una persona a expresar sus opiniones sin temor. Sin embargo, ¿Has pensado alguna vez en nuestra libertad para estar en silencio? El silencio es la capacidad de detener la loca carrera de la vida, la asfixiante coyuntura y la avasallante cotidianidad, cerrar los ojos y dejarnos volar, para pensar por uno mismo y pensarse también, sin el bullicio externo. El silencio de la introspección nos permite conectarnos con nuestra capacidad de pensar e imaginar. Esto es lo que nos separa de otras formas de vida.

El mundo no es una jungla

Tomemos para nosotros un momento de silencio: El mundo está lleno de diversas y contradictorias culturas, los pueblos siguen luchando por su independencia y gran parte de la población mundial vive amenazada por el hambre y la pobreza, las crisis económicas y la desocupación galopante.

No tenemos que ir tan lejos de nuestra propia experiencia. ¿Cuántas veces has encontrado en tu entorno inmediato la falta de respeto por los demás, actos que son lo contrario de la verdad y la justicia,  y por caso, la contaminación del medio ambiente  y la sobreexplotación de los recursos naturales. Nos preguntamos: "¿Cómo puede ser, en un mundo que está tan desarrollado científicamente y el entendimiento humano ha llegado a alturas que antes eran inimaginables, persisten estos problemas?"

Estos fenómenos se han producido en los pueblos que alcanzaron los más altos niveles de la ciencia, la filosofía y las artes. Un momento de silencio es suficiente tiempo para llegar a la conclusión de que la conciencia humana debe ponerse a la altura y en consonancia con su propio desarrollo, aplicando los valores y los principios suficientes para mantener una sociedad buena y justa. El silencio también permite a una persona a reconocer algo superior a sí mismo, para comprender que sólo el poder del Creador da lugar a la existencia del universo y sus habitantes.

La humanidad ya ha experimentado en el pasado, hace más de 4000 años, una crisis de valores absoluta que derivó en el colapso y devastación  de la mayor parte de la población del mundo en la época de la Gran Diluvio Universal. Luego de ello, el Creador instruyó a Noaj, a sus hijos y familias, los únicos sobrevivientes de la civilización humana, lo relacionado con los "Siete Principios Universales”. Estas siete leyes, perpetuas y vinculantes a todos los individuos, contienen las normas morales para construir y mantener una civilización sana y justa.

Ello da lugar a la diversidad y la pluralidad cultural de la humanidad, mientras que la convergencia global en la creencia el Creador y la vigencia y adhesión al Código Noajida que conforman las Siete Leyes proporciona parámetros igualitarios para cimentar, solidificar y robustecer la dignidad humana y su progreso y continuidad como especie.

La Antorcha Perpetua del Fuego Sagrado

Fue Moshé, quien hace 3325 años, recibió la Torá en el monte Sinai, ante millones de testigos visuales que presenciaron la revelación de Di-s, y allí también le encomendó a la nación hebrea la responsabilidad se orientarse a ser “luz para las naciones” trasmitiendo y propagando, cual antorcha eterna, el fuego sagrado  el mensaje de los Siete Principios a todas las naciones del mundo, e influir para que se aprendan y observen.

Todo aquel que cumple con estas normas porque así el Eterno lo ordenó a Moshé en Sinaí,  es llamado “justo de las naciones” y se hace acreedor a la recompensa Divina en el mundo venidero.

 

¿Protagonistas o espectadores?

Nos encontramos ahora en un momento decisivo en la historia. En las últimas décadas, las transformaciones sociales y políticas  han disuelto a los regímenes represivos y /o totalitarios, dado paso a un clima de aumento de la conciencia moral, y a vientos de cambio, con un fresco aroma a libertad.

 Por tanto, es un momento oportuno para reflexionar sobre estas dinámicas. Al explicar el propósito de la creación, los sabios de la Tora afirman que Di-s, la esencia de todo lo bueno, creó el mundo como resultado de su deseo de hacer el bien. Como se dice en el Salmo 145: "Él es bueno con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras." Porque es la naturaleza del bien el beneficiar  a los demás, la creación del universo fue una expresión de la bondad Divina. De esta manera, el universo y toda la vida son los destinatarios y objetos de Su misericordia.

Por lo tanto, todo lo que ocurre en el mundo, incluso aquello que se vislumbra como maldad,  como ser los desastres naturales, en última instancia, deben incluir algún aspecto positivo.

Del mismo modo, el impulso al mal dentro de los seres humanos, no es más que un "mecanismo" por designio de Di-s, para establecer la libre elección.

Él podría haber concebido un mundo totalmente bueno, sin ningún esfuerzo por parte de la humanidad para lograrlo, sin embargo el Creador anhela y aguarda el protagonismo del hombre, su corrección y rectificación.

A la luz de esto, es importante tener en cuenta que, tanto la lucha del individuo contra el mal, como en el mundo en general o dentro bien dentro de sí mismo, la actitud  no debe ser una de confrontación. Más bien, la labor consiste en subrayar lo que es bueno en las personas y en el mundo, sublimando el rustico egoísmo por el elevado altruismo, así el mal es superado por el bien, hasta que finalmente desaparece.

 

Un poco de luz, disipa mucha oscuridad

Aunque Di-s creó el mundo otorgando a las personas el libre albedrio, sin embargo, Él nos ha dado las herramientas y la orientación que necesitamos para animarnos a elegir lo bueno: un código moral Divino, que es anterior a todos los códigos humanos, el único perpetuo y de aplicación universal

Este código Divino, conocido como los Siete Principios Universales, establece una definición objetiva de "bien" y de “mal”, que se aplica a todos los individuos, sin distinciones de ninguna índole

La historia reciente ya ha demostrado, que los valores morales que se fundamentan en las ideas humanas del bien, son  relativos, subjetivos y, esencialmente, poco estables.

Además, como es de obvia comprobación para los educadores y los agentes del orden público, ni la intimidación ni la amenaza de castigo pueden fomentar un profundo sentido de la obligación moral. Esto sólo puede venir de los conocimientos a través de la educación, que existe un "ojo que todo lo ve y un oído que todo lo oye" a quien todos somos responsables.

El Código de Siete Leyes Divinas fue dado a Noaj ya sus hijos después del diluvio, nuestros antepasados de la nueva civilización post-diluviana, que la humanidad no se vuelva a degenerar, y que no se convierta en una selva de bestias, en la que impera la ley del más fuerte.

Las normas que exigen el establecimiento de tribunales de justicia y prohibir la idolatría, la blasfemia, el homicidio, el incesto, el robo, y comer el miembro de un animal vivo (la crueldad con los animales), son la base de toda la moralidad. Y se extienden, por las leyes derivadas de ellos, en todos los aspectos de la conducta moral.

Es responsabilidad y privilegio de cada uno aprender, enseñar y divulgar la observancia de las Siete Leyes entre todos los congéneres.  La tolerancia religiosa de hoy, y la tendencia hacia una mayor libertad, y el acceso universal a los medios de comunicación  más instantáneos, evoca y convoca a la oportunidad única de trasmitirlas masivamente.

Porque por la adhesión a estos principios, que son en sí mismos una expresión de la época de la bondad Divina, en el que  toda la humanidad se une y converge hacia una responsabilidad moral común a nuestro Creador. Esta unidad promueve la paz y la armonía entre todos los pueblos,

La sociedad está llegando a la conclusión de que la paz, la justicia social y la libertad son los valores universales que merecen ser defendidos. La guerra fría ha terminado, las armas atómicas fueron destruidas y casi todas las naciones  lograron su independencia. Todavía queda un largo camino por recorrer y mucho más esfuerzo tiene que ser gastado. La tendencia, sin embargo, es lo suficientemente clara.

Esto no surgió de la nada al azar. La Torá que la humanidad llegará a su perfección y rectificación final en el momento de la Redención. En los días del Mashiaj  las naciones alcanzarán la convergencia en la fe en el Creador y la observancia de los Siete Principios, tal como lo vaticinó el  profeta Tzefania, en el cap. 3 de su libro, "Entonces los pueblos hablarán un mismo lenguaje claro, para que le sirvan juntos". Este proceso de confluencia  y convergencia de educación,  justicia,  honestidad y establecimiento de la fe, ya está influyendo en el mundo entero, incluso inconscientemente.

Cada uno de nosotros puede ser artífice y protagonista de este gran cambio. De nosotros depende. 

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